Mi travesía en el mar de Ons hacia las Islas Cíes

Caminar por el puerto de Vigo en una mañana despejada tiene un efecto casi terapéutico. Dejo atrás el bullicio de la ciudad, los monitores y las interminables horas diseñando arquitecturas web, flujos de tráfico y estrategias de directorios digitales. Hoy, la única navegación que me interesa es la que corta el agua salada de la ría. Nos dirigimos al embarcadero con los billetes listos para subir al catamaran mar de ons, un ritual que, por muchas veces que lo repita, nunca pierde su magnetismo. Las Cíes nos esperan dibujadas en el horizonte, alzándose como guardianas de piedra y arena blanca frente a la inmensidad del océano.

En cuanto ponemos un pie en la cubierta del barco y los motores cobran vida, el cambio de chip es automático. Me coloco los auriculares y elijo una sesión de high-tech minimal; los ritmos hipnóticos y precisos del techno se mezclan curiosamente bien con la brisa atlántica y el vaivén de las olas mientras dejamos atrás la silueta industrial y portuaria de nuestra ciudad. A mi lado, mi pareja comparte esa misma sensación de anticipación tranquila. Es nuestra escapada perfecta, un paréntesis absolutamente necesario para resetear la mente. Aunque siempre nos da un pequeño pellizco dejar en casa a Leo, nuestro labrador de pelaje color miel, y al gato, sabemos que este parque nacional protegido exige un respeto total por su frágil ecosistema, y ellos se quedan tranquilos en las mejores manos.

La travesía dura apenas tres cuartos de hora, pero funciona como el preludio idóneo. Ver cómo el archipiélago va creciendo frente a nosotros, revelando la inmensa medialuna de la playa de Rodas y el verde profundo de sus pinares, justifica cada minuto a bordo. Es casi inevitable que, por pura deformación profesional, al contemplar este paisaje mi cerebro conecte con su enorme potencial internacional, imaginando la arquitectura de información perfecta y el dominio ideal para mostrar este rincón al mundo. Sin embargo, hago un esfuerzo consciente por silenciar esa faceta analítica; la majestuosidad de estas islas me recuerda que hay cosas que no necesitan optimización alguna para brillar. Su belleza es orgánica, cruda y rotunda.

Al atracar en el muelle, el profundo zumbido del motor del catamarán da paso al graznido de las gaviotas y al romper del agua cristalina —y gélida, no nos vamos a engañar— contra la arena. Descender por la pasarela es como cruzar un portal hacia otra dimensión, una donde el tiempo parece detenerse por completo.

Tener esta maravilla natural a menos de una hora de casa es un privilegio absoluto. Caminar por la ruta del Faro, anticipar el sabor de unas buenas nécoras o unos camarones de la ría que seguramente caerán a la vuelta, y respirar este aire es el mejor combustible posible. Cuando la tarde caiga y volvamos a subir al barco rumbo a la península, lo haré con la mente despejada, listo para enfrentarme de nuevo a los servidores, al código y al ritmo de la agencia, sabiendo que mi refugio siempre estará ahí, a un viaje en catamarán de distancia.